Todo empezó en el año 52 a.C.


Tras la victoria de Julio César sobre Vercingétórix, Flavio, un veterano de las tropas del emperador, recibió de regalo una colina que se convertiría en el pueblo de Flavigny-sur-Ozerain, situado cerca del lugar en el que se desarrolló la batalla de Alesia. Así es probablemente como se empezó a sembrar la semilla de anís verde que se utilizaba para curar a los soldados. En la Edad Media volvió a surgir el anís en el corazón de una pequeña pastilla. Este caramelo estuvo muy de moda especialmente en la corte, donde las damas adoraban este dulzor proveniente de la abadía de Flavigny. Hoy en día las pastillas de anís se siguen produciendo en el seno de la misma abadía y su cripta gracias al trabajo de la familia Troubat. Una visita gratuita permite descubrir la rica tradición acumulada aquí, así como una bonita tienda.

Una historia de familia

En las últimas tres generaciones, los Troubat han hecho del anís de Flavigny todo un éxito al más puro estilo borgoñón. La receta sigue siendo la misma: 100% artesanal, sin colores ni conservantes. Con una gran dosis de intuición comercial y algo de descaro, la cajita de aspecto antiguo mantiene su supremacía desde los años 50 por doquier: en máquinas expendedoras de estaciones de autobuses o de metro y aeropuertos, en centros comerciales y en cines. Ya imprescindibles, las pastillas de anís de Flavigny se adaptan a cualquier gusto, por ejemplo, con diferentes sabores: jazmín, azahar, rosa o violeta, sin olvidar una edición bio. Forman parte de nuestro paisaje y nuestra historia, lo mismo que la pareja de pastores que decoran su cajita. En una mirada cómplice nos hablan de dulzura, de romance y de secretos que compartir.

En Beaune y en el Pays Beaunois
 

Encuentre las pastillas de anís de Flavigny en las numerosas tiendas y bodegas de la zona.