La abadía de Císter, fundada en 1098 por Roberto de Molesmes en lo que entonces era un erial desértico, se convirtió en cuna y cabeza de la orden del Císter y, con Cluny, uno de los faros de la cristiandad.

La abadía de Císter, abadía de las cañas

En reacción a la suntuosidad cluniacense y para volver a las estrictas reglas dictadas por San Benito, Roberto de Molesmes y sus seguidores se instalaron en un entorno recluido y cenagoso, poblado por juncos y cañas llamados en la Edad Media «cistel».
Estos monjes convirtieron en bendición la adversidad y desarrollaron la agricultura, la ingeniería hidráulica y la viticultura. La aún joven abadía no tardó en crear filiales (La Ferté, Pontigny, Bonnevaux y Clairvaux), que a su vez se extenderían de tal manera que para mediados del siglo XIV el Císter sería la cabeza de una inmensa red europea.

Una visita marcada por la espiritualidad

Más de 900 años después de su fundación, la abadía sigue bajo el rigor de unos cimientos exigentes: ascesis, rigor litúrgico, soledad y trabajo para los 35 monjes que conforman la comunidad. En 1998 se abrió al público un recorrido para visitar algunos edificios históricos Esta evolución espiritual y cultural permite descubrir la vida monacal y la tradición cisterciense mediante visitas a la biblioteca, el claustro de copistas o el definitorio, donde se puede visitar una exposición que explica el trabajo centenario de los monjes como auténticos especialistas en distribución del territorio.

El Císter y su auténtico queso de monjes

Los monjes producen un delicioso queso artesanal llamado «Fromage de Cîteaux». Se elabora tres veces por semana a partir de la leche del rebaño de vacas montbéliard criadas en la granja de la abadía. Se trata de una pasta ligeramente presionada pero aun así tierna y con corteza lavada. Tiene un sabor afrutado que recuerda al reblochon. Lo encontrará en la tienda de la abadía y en las queserías de la región.