Como en Astérix, siempre acaba con un banquete, pero empecemos por el principio… En primer lugar, hay un pueblo y sus voluntarios que han trabajado todo el año para organizar un festival que quizá no vuelva hasta dentro de 30 años.
Todas las generaciones han trabajado duro para mostrar el patrimonio del pueblo, anticipando el orgullo de recibir a gente de la puerta de al lado o de los confines de la tierra.
Pero pongámonos en situación, es un poco como el teatro, hay «cuadros» que se repiten año tras año pero que nos encantan: un despliegue de estandartes multicolores que flotan bajo el sol invernal, miles de guirnaldas de flores de colores, uvas que rebosan de los cestos de la vendimia y equipos de vinificación de época que evocan el trabajo de los viticultores en un paisaje de viñas dormidas: ¡bienvenidos a Saint-Vincent!
Después de la misa, el impresionante desfile de los santos rivaliza con los mejores indultos de Bretaña, ¡con la participación de no menos de 100 cofradías!
Por último, la prestigiosa Confrérie des Chevaliers du Tastevin, cuyos rituales se inspiran en las últimas órdenes de caballería de la corte borgoñona, da las gracias a los antiguos viticultores y bodegueros, a veces muy emocionados, entronizándolos…